“La región mas lluviosa del mundo”, “la capital del departamento del Chocó”, “las selvas con mayor biodiversidad en el planeta”, “los yacimientos minerales más ricos de Colombia”… cualquier colegial puede hilar esas frases que nos enseñan en la primaria si se le pregunta por Quibdó. Cualquier inversionista dilata sin querer sus pupilas cuando le hablan del oro que nada en los ríos del Pacífico, o de los árboles que elevan sus maderas hasta el cielo. Cualquier biólogo sueña con perderse semanas, meses, en la profundidad de la selva para estudiar sus aves, sus insectos, sus mamíferos o sus reptiles, mientras “descubre” nuevas especies que el mundo occidental desconoce -y que con su paso depredador amenaza- pero que los pobladores originales emplean desde siempre como alimento y medicina. Y son estos, los indígenas cuna, emberá y wanana, junto con los negros descendientes de esclavos africanos y con los hijos de los comerciantes blancos, quienes tras convivir tres siglos en esta orilla oriental del río Atrato, han enriquecido con su historia, ritmos y costumbres, estética y espiritualmente a San Francisco de Quibdó.



Las torres de su catedral, los remates de sus columnas, las figuras religiosas y sus intrincados ventanales imponen un lenguaje europeo, casi medieval, al Parque Centenario, corazón histórico de la ciudad y palco a la agitada actividad que constantemente ocurre sobre las mansas aguas del río Atrato. En contraposición a este estilo arquitectónico venido del Viejo Mundo, la mayoría de las viviendas familiares mantienen la sencilla base arquitectónica aprendida de los indígenas de la región: una planta rectangular con paredes en madera, a la que han adaptado puertas y ventanas del mismo material. Algunas de las más bellas casas de Quibdó, dignas de ser visitadas una tarde para departir con sus inquilinos, fueron hechas en concreto y ladrillo –materiales que han resistido a lo largo de los años devastadores incendios- y están pintadas con múltiples colores que acentúan el espíritu de la tradición negra en Latinoamérica y el Caribe.




Observarlas permite remontarse a la época de bonanza minera y maderera en que las élites comerciantes adecuaban los diseños de moda del primer mundo a sus viviendas, dejando como herencia un rico popurrí de formas que evocan las varias influencias que, como puerto que se respete, ha tenido Quibdó en su desarrollo. Los sonidos de este pueblo son, en sí mismos, un universo tan amplio, que “pagan solitos” la venida hasta acá: desde el matutino canto de cientos, tal vez miles de especies de aves, hasta la abrumadora percusión del mapalé, tradición sonora que tiene su clímax en los festivales de música tradicional que se realizan en el departamento, y en el -gracias a Dios-
eterno carnaval de San Pacho imprime a sus canciones su naturaleza de hijo de Quibdó, en donde con dos clarinetes, fliscorno, ‘‘bombo’’ (gran caja), redoblante y platillos. ... lo demás es historia bien conocida en todos los rincones del mundo.Junto a su peculiar arquitectura, el colorido de sus barrios, sus historias y sus ritmos se destaca la característica amabilidad del quibdoseño, hombre de mirada tranquila y hablar pausado, que con su buen trato al visitante lo hace sentir aún más a gusto que en casa. Apodada “la ciudad amable” por la prensa extranjera a principios de siglo, Quibdó sigue tratando con cordialidad a sus huéspedes y eso se siente por ejemplo en la cálida atención que se recibe en cualquier puesto del mercado en el que, por cierto, usted encontrará frutas que duplican en tamaño y en sabor las que le ofrecen en cualquier otra ciudad. No deje de comer allí un buen plato de viudo de doncella, receta que durante siglos han perfeccionado las matronas cocineras de este lugar. Se lo darán con patacón y limón, simplemente porque no necesita más. Y no se sorprenda si en su mesa se encuentra con un poeta de 80 años que le narre la historia de Quibdó, con un marinero que no pisaba tierra firme hacía 10 días, o con la próxima señorita Colombia: como sin duda notará, la belleza de esta raza cubre con un velo de magia todos los rincones de la ciudad.